Entrevista con Sofía Salazar

Entrevista con Sofía Salazar

Sofía Salazar, descubrir el amor y al creador que hay en cada uno de nosotros

Con motivo del mes del amor, hemos invitado a Sofía Salazar a pintar el escaparate de febrero de La Maison de Commerce. Artista y diseñadora originaria de Argentina, afincada entre Barcelona y Londres desde hace más de diez años, explora una gran variedad de técnicas, desde el textil hasta la impresión, pasando por la ilustración y la escultura, con un enfoque libre, instintivo y profundamente artesanal.

Durante un día, el escaparate se transformó en un taller abierto, un espacio lleno de vida en el que los transeúntes pudieron presenciar, a gran escala, el nacimiento de una escena sencilla y universal: unos enamorados que se regalaban flores.

¿Podrías contarnos algo sobre tu trayectoria? ¿Hubo algún momento decisivo que marcara tu trayectoria artística?

Soy argentina. He vivido en muchos países a lo largo de mi vida, y esa movilidad ha influido profundamente en mi trabajo. Estudié diseño textil en la Universidad de Buenos Aires y, con el tiempo, mi trayectoria se ha desarrollado de forma natural entre el diseño y el arte. Siempre me he sentido más libre en ese espacio intermedio, que he considerado un auténtico terreno de exploración, una invitación a aprender y a experimentar con casi todas las técnicas que se me presentaban.

Un momento decisivo en mi trayectoria fue una residencia en el Icelandic Textile Center en 2016. Era la primera vez que me movía en un entorno compuesto exclusivamente por artistas. Compartir ese espacio con ellos, trabajar día y noche sin tener que preocuparme por nada más, fue una experiencia profundamente transformadora. Esa experiencia me dio la legitimidad necesaria para tomarme en serio mi trabajo, y aún hoy sigue resonando en mi interior.

¿De qué manera el trabajo manual y el contacto con los materiales modifican tu relación con el objeto?

Disfruto con todo aquello que implique el tacto: la jardinería, modelar arcilla, grabar un linograbado o, simplemente, dibujar. Me encanta especialmente ese momento de perfecta armonía en el que mis manos y mi mente avanzan al unísono, en una especie de coreografía silenciosa que da forma a algo.

También creo que hay algo especial, profundamente íntimo, en dedicar horas a la elaboración de un objeto, en dedicarle ese tiempo que nos queda tan limitado.

En mi opinión, eso le confiere una auténtica densidad de significado. A veces contemplo una obra que he creado y la percibo como una pequeña cápsula de recuerdos, en la que se condensan el tiempo transcurrido, los pensamientos, el estado de ánimo e incluso la música que acompañó su creación.

Este recuerdo involuntario de un momento concreto de mi vida sigue sorprendiéndome y conmoviendo.

En un mundo cada vez más digital, ¿qué sentido tiene aún crear físicamente, con las propias manos?

Para mí, se trata de placer y de presencia. Me gusta tocar, oler y sentir los materiales que me rodean. Soy especialmente sensible a las imperfecciones, a esas pequeñas marcas que revelan la presencia de la mano humana en el proceso. Detectar esas huellas es casi como entablar una conversación con quien ha dado forma al objeto, sea cual sea la distancia, tanto espacial como temporal, que nos separa.

Esto no significa que rechace o menosprecie las creaciones digitales. Admiro el trabajo de muchos artistas cuya práctica es digital o industrial. Simplemente, crear a mano es una forma que me permite sentirme más conectada con lo que hago. Así es como siento alegría: creando. 

En « la Maison de Commerce », nos interesan los objetos como testigos de nuestros contextos sociales, culturales y humanos. En tu opinión, ¿qué revela un objeto cotidiano?

Un objeto puede revelar muchas cosas: tanto sobre sí mismo como sobre quienes lo poseen. ¿Cuál es su función? ¿Dónde se ha fabricado? ¿Con qué materiales? ¿Cuál será su vida útil? ¿Quién lo ha fabricado y en qué condiciones? Todas estas preguntas cuentan una historia más amplia que el propio objeto.

Del mismo modo, la elección de un objeto dice algo de nosotros. Algunos buscan la belleza, otros dan prioridad a la utilidad. Creo que hoy en día, en nuestro mundo, tener la posibilidad de elegir lo que compramos ya es un privilegio.

También creo que nuestra relación con los objetos va cambiando con el tiempo. Cuando era niña, era habitual llevar ropa confeccionada por un ser querido; a veces, incluso resultaba más económico. Hoy en día, lo veo como un lujo: el de llevar una prenda hecha especialmente para uno, por alguien que pensaba en ti o se preocupaba por ti. Esta artesanía se ha convertido, con el tiempo, en una de las cosas que más he aprendido a apreciar.

Para el escaparate de « La Maison de Commerce », has pintado a dos enamorados que se regalan flores. ¿Qué representa el amor en tu universo artístico?

Considero que el gesto de regalar flores es una forma de ofrecer belleza, pero también una muestra de aprecio y gratitud hacia esas cosas sencillas y esenciales de nuestras vidas.

En mi obra, el amor se aborda desde una perspectiva más universal. No es únicamente romántico, ni se limita al ámbito de la pareja. Es abierto. Habla de entrelazamiento y contacto, de colaboración, de amistad, de comunidad, de placer y de cuidado. El amor es como una dimensión de una vida compartida, vivida con los demás, con aquellos a quienes elegimos.

De entre las piezas de « La Maison de Commerce », ¿cuáles son las que más se ajustan a tu universo estético?

En tu tienda hay tantos objetos con los que me encantaría rodearme en mi día a día. Me han llamado especialmente la atención las las botellas de cristal, las jarras. Y tengo debilidad por todo lo que adopta forma de animal, como las garrafas con forma de gallo, o los cuchillos con forma de pez. Creo que estas piezas quedarían de maravilla en un bodegón. Me gustaría tenerlas a mi alrededor, observarlas y dejarlas entrar poco a poco en mi trabajo.